Carreteras dignas pueden transformar familias y comunidades.
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Algunos niños caminaban cuatro horas diarias para recibir educación—dos horas para llegar a la escuela y otras dos para volver a casa. Avanzaban por veredas pedregosas y difíciles, donde ni una bicicleta podía pasar. Algunos llegaban por la refacción porque en casa no siempre había alimento. Pero, una vez dentro del aula, se integraban con los demás niños. Leían en voz alta, dibujaban, levantaban la mano para responder y reían mientras jugaban con sus compañeros. Durante esas horas, disfrutaban de su niñez. Sus padres creen en la educación como una forma de superación personal y familiar; se esfuerzan para darles un futuro mejor.
Un camino no crea el talento de una comunidad, pero sí libera el potencial encerrado entre las montañas.
Aquellos niños demuestran voluntad, disciplina y deseos de superación; la pregunta no es si tienen capacidad, sino hasta dónde llegarían con menos obstáculos en el camino. Convertir una vereda en un camino transitable puede parecer una obra pequeña. Pero para una familia que aún no tiene un camino digno puede significar un cambio generacional. El niño podría llegar más rápido y seguro a la escuela, con más tiempo para estudiar, descansar y jugar.
Ese camino permitiría que una ambulancia entrara a la comunidad y que un agricultor sacara su cosecha sin perderla. La leche, la tortilla y la carne podrían llegar más rápido. Una familia podría vender sus productos y un maestro tendría mejores condiciones para llegar.
Un camino permite que el desarrollo dentro de la comunidad encuentre por dónde avanzar. Las comunidades también producen, comercian, enseñan, emprenden y crean futuro. Un camino no crea el talento de una comunidad, pero sí libera el potencial encerrado entre las montañas.
Construir estos caminos hacia el Sueño Guatemalteco exige enfrentar una enfermedad que durante años ha destruido la obra pública: la corrupción. En uno de mis recorridos, me explicaron por qué tantos proyectos quedan a medias o nunca comienzan. Antes se exigía un 10% de “mordida”; ahora, en ciertos lugares, se roba casi todo—y lo que queda no alcanza ni para comenzar la obra. Así se “construyen” fortunas con el futuro robado a Guatemala: con las horas que esos niños pierden entre piedras en lugar de pasarlas leyendo, dibujando y riendo dentro del aula.
Quien roba una carretera no roba solamente cemento. Deja a comunidades aisladas y obliga a otra generación a seguir avanzando entre obstáculos. La corrupción convierte una obra inconclusa en años de atraso y una fortuna mal habida en pobreza para muchos. El Estado debe investigar a los responsables, procesarlos, recuperar lo perdido y alejarlos para siempre de la obra pública.
Construir y cuidar nuestros caminos es una responsabilidad compartida. Tenemos la voz para vigilar, denunciar y exigir mantenimiento. Ahora que abundan candidatos conocidos más por sus videos de redes sociales que por su trayectoria de servicio, debemos pensar bien a quién le entregaremos la administración de nuestros recursos y el futuro de Guatemala. Por el bien de nuestros hijos y de nuestras hijas, hagamos valer nuestra voz y nuestro voto.
Los niños ya recorren su parte entre piedras. A nosotros nos corresponde quitar los obstáculos para que un día puedan llegar más rápido, con más seguridad y quizás hasta en bicicleta. Guatemala no comienza desde cero: comienza desde el talento inmenso de su gente. De allí, solo nos queda crecer.
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