Prensa Libre

Cuando alguien como nosotros llega lejos, nuestros propios sueños dejan de parecernos imposibles.
Hace algunos años, caminaba por San Francisco, California, rumbo a una reunión con algunos clientes. Cerca de Fisherman’s Wharf, uno de los lugares más conocidos de la ciudad, algo inesperado detuvo mis pasos. A lo lejos —en una parada de autobús— distinguí la fotografía de una mujer vestida con colores vivos y una cinta entrelazada en el cabello. La imagen me resultó tan familiar que quise verla de cerca.

Hace algunos años, caminaba por San Francisco, California, rumbo a una reunión con algunos clientes. Cerca de Fisherman’s Wharf, uno de los lugares más conocidos de la ciudad, algo inesperado detuvo mis pasos. A lo lejos —en una parada de autobús— distinguí la fotografía de una mujer vestida con colores vivos y una cinta entrelazada en el cabello. La imagen me resultó tan familiar que quise verla de cerca.

Al acercarme, descubrí que vestía huipil y corte, y que llevaba una cinta de tejido maya entrelazada en el cabello. La mujer de la fotografía, que vestía como mi mamá, era Rigoberta Menchú Tum, premio nobel de la Paz 1992. Sentí un inmenso orgullo.

Los caminos que abrió Rigoberta Menchú Tum nos pertenecen a todos.

En aquel momento no la conocía en persona. Solo sabía de ella y me parecía inalcanzable. Frente a aquella parada pensé: también viene de una aldea, es guatemalteca como yo y pertenece a un pueblo maya como yo. Podría ser de mi pueblo, incluso de mi familia. Tomé una fotografía y pensé: “Ojalá algún día pueda conocerla”.

Años después, antes de publicar mi libro autobiográfico, Migrante, pedí a un gran amigo que la conocía bien que le hiciera llegar el libro. Una frase suya significaría mucho para mí. No esperaba nada, pero, si respondía, imaginaba unas palabras para la contraportada. La doctora Menchú hizo algo distinto: dedicó un fin de semana a leerlo con su familia. Conversaron sobre mi historia y encontraron experiencias con las cuales podían identificarse.

Su respuesta no fue una frase. Fue una carta que demostraba que había caminado por las páginas de Migrante. Escribió sobre mi padre, los sueños de mi mamá y la muerte de mi hermana —la pequeña Juana—. Había capturado la esencia de Migrante, tanto que, al llegar al tercer párrafo, mis lágrimas comenzaron a rodar. Con su permiso, su carta se convirtió en el prólogo.

Años antes, yo la había sentido como alguien de mi familia. Ahora, ella y su familia habían encontrado algo propio en mi historia. Cuando finalmente pude conocerla en persona, confirmé que aquella cercanía era real. Su generosidad me impresionó más que sus reconocimientos.

Con el tiempo comprendí que aquel gesto era parte de su forma de caminar por el mundo. La mujer que logró que otros escucharan la voz de los pueblos indígenas también supo detenerse a escuchar la historia de una sola persona. Su grandeza no está solo en haber llegado lejos, sino en utilizar su voz para acompañar otras voces.

En 1992, Rigoberta Menchú Tum se convirtió en la primera persona indígena en recibir el Premio Nobel de la Paz. El Comité Nobel reconoció su lucha por la justicia social y la reconciliación basada en el respeto a los pueblos indígenas. Una mujer maya nacida en Chimel consiguió que el mundo escuchara una voz surgida lejos del poder. Ese techo no lo rompió solamente para ella. Desde entonces, cada guatemalteco, especialmente cada niña indígena, puede mirar su historia y comprender que también puede llegar a lugares que antes parecían imposibles.

Por eso celebro que Filgua 2026 esté dedicada a la doctora Menchú. Después de tantos reconocimientos mundiales, Guatemala la abraza en vida. Ella dijo que recibir este homenaje en la tierra que la vio nacer “vale todo”. Reconocer a nuestros grandes mientras pueden sentir nuestro agradecimiento demuestra la madurez de un país.

La vida de nuestra premio nobel de la Paz nos demuestra a todos, especialmente a nuestras hijas, que nacer mujer, guatemalteca e indígena en una comunidad rural nunca debe limitar el tamaño de sus sueños. Los caminos que abrió nos pertenecen a todos, incluso a quienes no comparten todas sus posiciones. Su legado también forma parte del patrimonio de Guatemala.

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Marcos Antil SoyMigrante.com, Founder - CEO
Emprendedor tecnológico, maya q’anjob’al y migrante guatemalteco. Impulsor de la educación y la transformación digital. Fundador y CEO de la compañía XumaK durante 18 años, con clientes en más de 25 países. Y ahora de SoyMigrante.com, LLC.

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