Defender al migrante es defender a las familias, la economía y la dignidad de un país que aún debe construir su propio Sueño Guatemalteco.
Hace unos días circuló un mensaje del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos que menciona a Guatemala al hablar de migración y remesas. El mensaje —dirigido a una audiencia antiinmigrante que hoy tiene peso político en ese país— utiliza el caso de los migrantes guatemaltecos para afirmar que las remesas son dinero que se “toma” de la economía estadounidense.
Escucha el audio de este texto aquí:
Pero el contexto del mensaje es importante. En Estados Unidos ese discurso está dirigido al electorado que eligió al actual gobierno.
Resulta vergonzoso que algunos guatemaltecos repitan ese discurso. El migrante que sacrifica su vida y se enfrenta a políticas antiinmigrantes no es un problema. Es un héroe. Sus remesas sostienen familias, impulsan negocios y dinamizan la economía de todo el país.
El respeto al migrante no debe ser una postura ideológica. Debe ser un principio básico de justicia.
Cuando la mayor fuente de ingresos del país proviene del sacrificio de sus migrantes, insultarlos o criminalizarlos no es política: es hipocresía.
Eso debería hacernos reflexionar profundamente como nación. Porque ningún país puede construir su futuro dependiendo de que su gente se vaya.
Resulta irónico que ciertos grupos exijan ‘respeto a la soberanía’ por no ser invitados a cumbres internacionales, mientras en casa faltan el respeto al guatemalteco. Ven al migrante retornado como amenaza, exigiendo el absurdo de investigarlos a todos antes de que vuelvan con sus familias.
Faltar a una reunión no nos convierte en un ‘cartel’. El verdadero patriotismo no se demuestra peleando sillas en el extranjero, sino defendiendo la dignidad de quienes, con su sudor, sostienen a esta nación. Todos los países del mundo enfrentan desafíos complejos. Guatemala también.
Nuestro país lleva años luchando contra estructuras de corrupción, redes criminales y narcopolítica que han penetrado instituciones públicas. No es un secreto que varios políticos han sido señalados, investigados e incluso condenados por vínculos con el narcotráfico, pero que repentinamente están libres gracias a las mismas estructuras que buscan perpetuarse en el Estado. Ese es un problema real.
El problema no es Guatemala. El problema es una clase política que durante décadas ha puesto sus intereses personales por encima del bienestar nacional. Han convertido el Congreso en un espacio para aumentar sus propios salarios, repartir privilegios y negociar favores. El problema es un sistema donde unos pocos cantan la ranchera que convenga con tal de no perder sus privilegios. Se creen “chispudos” midiendo quién recibe la mordida más grande. Es un sistema donde todo parece tener precio.
Y ese sistema es precisamente el que debemos superar. Contra eso, los guatemaltecos —migrantes en otros países o viviendo dentro del país— debemos unirnos.
Los migrantes guatemaltecos no son criminales. Son trabajadores. Son padres y madres que sostienen la economía de dos países al mismo tiempo. El respeto al migrante no debe ser una postura ideológica. Debe ser un principio básico de justicia.
Por eso es tan importante hablar del Sueño Guatemalteco. Un sueño que no consiste en cruzar fronteras, sino en abrir oportunidades dentro del propio país. Un sueño donde el mayor pilar sea la creatividad y la educación, herramientas con las que se compite por capacidad.
El Sueño Guatemalteco es donde los jóvenes puedan estudiar, emprender y trabajar sin tener que despedirse de su familia rumbo a un desierto. Un país donde el talento se quede, donde la economía crezca desde dentro y donde la política vuelva a servir al pueblo.
Ese es el verdadero desafío de nuestra generación. Porque respetar al migrante es, en el fondo, respetar a Guatemala.
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