La Cocolá que dejé en 1990 era aislada; en 2017 empezaba a conectarse, pero con electricidad, desde 2024, marca diferencia.
Llegar después de tantos años a Cocolá Grande, aldea de Santa Eulalia, Huehuetenango, a 18 horas de camino desde la capital, fue como entrar a un lugar familiar y, al mismo tiempo, desconocido. Llegué con mi hija de 6 años, Yanushka Lucía, y, al verla desde lejos, sentí la diferencia.
Escucha el audio de este texto aquí:
No era la misma aldea que vi hace ocho años, cuando estuve acompañado de mi papá y de mi tío Andrés Díaz, ya fallecidos. Entonces, Cocolá parecía más pequeña, rodeada de cafetales y cardamomo, pocas casas y una iglesia evangélica. En ese viaje inauguramos el Instituto Básico, que después se convertiría en diversificado en Desarrollo Comunitario, gracias a Café con Causa. Ahora, en medio del cafetal, descubrí una iglesia católica recién levantada, nuevas viviendas y un movimiento intenso.
La transformación tiene varios nombres: educación, liderazgo comunitario y electricidad. Desde diciembre de 2024, Cocolá Grande tiene energía eléctrica. Los efectos son sorprendentes. Para comunidades remotas como esta, la electricidad es una revolución luminosa y pacífica.
El progreso se nota: en el comercio, las tiendas amplían horarios y venden productos antes imposibles sin refrigeración. En la alimentación, las familias guardan comida y mejoran su nutrición. En la educación, las escuelas se conectan a la tecnología para ampliar los horizontes de aprendizaje. Y en la vida comunitaria, el día ya no se acaba con la puesta del sol: ahora los vecinos se reúnen de noche, conversan y caminan por calles que antes eran oscuras.
La electricidad no solo ilumina casas, enciende también esperanzas de desarrollo, educación y emprendimiento de Cocolá Grande.
Los horizontes se abren: el turismo comunitario se vuelve una opción real: los visitantes de Cocolá pueden hospedarse en hogares con electricidad y apreciar la pacífica vida de la aldea de una forma distinta. No tardarán en llegar hospedajes. Los vecinos cargan sus celulares, se comunican con familiares migrantes en Estados Unidos y acceden, poco a poco, a la vida digital que antes era limitada. Desde la aldea hicimos un live con Mercado, de SoyMigrante.com, usando electricidad e internet satelital de Starlink.
Esta conexión abre una puerta crucial: la posibilidad de que muchos jóvenes vean en su aldea un futuro y no solo un lugar de partida. La migración forzada podría encontrar aquí un freno, porque la luz trae esperanza, dignidad y oportunidades que antes no existían.
La llegada de la electricidad fue fruto de la organización comunitaria, de vecinos que insistieron, de líderes que se movilizaron y de autoridades políticas que escucharon, como la diputada barillense Lucrecia Samayoa. Ahora, la comunidad espera que el alcalde de Santa Eulalia, Daniel J. Francisco, también escuche y atienda las necesidades que siguen pendientes, para que la electrificación sea solo el inicio. Cocolá Grande muestra lo que puede lograrse cuando comunidad y política colaboran eficientemente para construir el bien común.
Volver a Cocolá fue constatar una transformación y revivir una memoria profunda. Mi papá, Marcos Andrés, uno de los fundadores de la aldea, estuvo ahí a inicios de los años ochenta, cuando se repartieron las primeras parcelas en plena guerra civil. Pasamos de jornaleros a sembrar café y cardamomo en nuestra propia parcela. Él, junto a otros vecinos, soñó con un futuro para sus hijos. Hoy, décadas después, regreso con mi hija y me toca ver cómo aquella semilla que él plantó florece e ilumina. La Cocolá que mi papá conoció era un lugar de sombras; la que hallé es una comunidad que empieza a brillar, literal y simbólicamente, con un nuevo amanecer.
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