Migrar tiene que ser una opción y no una necesidad a la que nos vemos orillados a llegar.

La penuria migrante es de todos los días. No solo cuando las tragedias nos alcanzan ni cuando las remesas imponen un nuevo récord. No solo cada cuatro años cuando los candidatos nos buscan para que apoyemos sus campañas. No solo existimos para salir en fotos con los gobernantes. La penuria migrante es diaria. Está en la migración forzada interna del país, y sigue aun cuando se llega “al norte”.

Hace una semana volvimos a ser noticia porque 53 migrantes, entre ellos, siete connacionales, murieron asfixiados dentro de un tráiler en San Antonio, Texas. Muchos de ellos, jóvenes cuyos sueños se truncaron. Algo parecido al accidente de un tráiler en diciembre de 2021, que dejó como saldo 56 migrantes muertos, entre ellos 37 guatemaltecos, en una carretera de Chiapas, México. Una vez más, llegaron las flores y las condolencias desde el gobierno, pero sin voluntad política de reconocer el sacrificio que el migrante que hace por su patria y menos dignificarlos.

El duro e incierto camino hacia el “el norte” es apenas el principio. Ya estando ahí, la penuria comienza.

El calvario de los migrantes, aun si se logra pasar al otro lado, no termina ahí. Es apenas el principio. Conozco a migrantes que llevan décadas sin ver a sus familias. Dejaron a sus hijos pequeños para escapar de la pobreza que cada día va en aumento y ahora azota al 63% de la población. Ya tienen nietos que solo conocen por videollamadas. Andan en cualquier lugar con miedo de ser detenidos y deportados—en cualquier momento. Familias migrantes que al andar en la calle o en lugares de concurrencia cargan consigo los documentos que confirman que sus hijos que han nacido en suelo estadounidense—no son ilegales. Vivir con miedo y sin paz es una penuria real. Esto no me lo contaron, mi familia y yo, también, lo vivimos. 

Desde 2014 a mayo de 2022 se han registrado 5,839 muertes de migrantes en Centroamérica, Norteamérica y el Caribe, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). De estos, 3,134 fueron documentados en la frontera entre Estados Unidos y México, y 1,622 entre la región centroamericana y el suelo mexicano.

Por las cifras oficiales sabemos que más de 300 mil guatemaltecos buscan cada año llegar a EE. UU. huyendo de la pobreza, del hambre, de la falta de trabajos dignos y de la violencia criminal. También sabemos que, al 23 de junio, las remesas sumaron US$10,470 millones, un crecimiento interanual del 22%, según el Banco de Guatemala.

Reitero que detrás de esas cifras está la dolorosa penuria de los migrantes. Desde tener que abandonar sus hogares, familia y tierra natal; asumir grandes deudas para costear el viaje, sortear los peligros de caer en manos de bandas criminales durante el trayecto o ser abandonados en el desierto, hasta perder la vida. Por eso, debemos reconocer la contribución del migrante en todos los aspectos y dignificarlo. Desde el Estado se puede honrar a los migrantes con voluntad política, prestando buen servicio en los consulados, facilitando la obtención de documentos de identidad en línea y evitando que se aprovechen de nuestra necesidad. Se podría crear un call center que, desde Guatemala, pueda atender en cualquiera de los 24 idiomas a migrantes que necesiten apoyo consular y no hablen español. Se le pudiera dar voz y voto al migrante—como cualquier ciudadano guatemalteco—para que pueda votar desde el exterior por todos los representantes locales donde viven sus familiares y a donde llegan sus remesas. 

La única forma de terminar con la migración forzada es con una ciudadanía activa, unida—trabajando para crear una Guatemala mejor. Juntos detrás del Sueño Guatemalteco que nos permita un progreso integral y equitativo, sin tener que vivir el dolor de migrar.