La división entre “derecha” e “izquierda” es la misma que dio origen a la guerra que mató a más de 200 mil personas, que nos obligó a mi familia y a mí a huir.

En nuestro país, los invisibles son cada vez más invisibles. Los que no tienen voz, tienen cada vez menos esperanza de tener voz. En el área rural, las dificultades para la sobrevivencia económica se agudizan. Pero no solo allí. También en el área metropolitana hay personas invisibilizadas en su condición de pobreza. Recibí una invitación este fin de semana para ir a presentar el libro Migrante a San Miguel Petapa, un municipio del departamento de Guatemala, a solo 16 kilómetros de la capital.

Ahí vi a los ojos a la pobreza que asola nuestro país: familias con tantas carencias, pero en una de ellas había niños de 5, 7 y más años que no tenían partida de nacimiento. Es decir, no tienen identidad legal. No están inscritos como guatemaltecos que son. Dicen los padres que, al querer registrarlos, les cobran Q150, que no tienen pues apenas sobreviven. Como consecuencia, estos niños son cada vez más invisibles y no pueden entrar a la escuela. Se supone que tal servicio es gratuito, pero yo atestigüé esta realidad.

Al igual, que la aldea donde pepené café y cardamomo, allá en Cocola Grande -Santa Eulalia Huehuetenango- muchas familias en San Miguel Petapa, tampoco tienen electricidad ni servicios básicos en este agosto del 2022. La pobreza está allí a la vista. En el país tenemos un 63% de pobreza. Y si los migrantes, no enviaran las remesas que son la mayor contribución al PIB de Guatemala, seguramente tal porcentaje sería aún peor.

Enfoquémonos en salvar a nuestra niñez, la expresión más clara de la inocencia y lo más puro de nuestra sociedad.

Guatemala necesita generar mejores oportunidades para combatir la precariedad. Necesita una educación que cultive la creatividad de nuestra niñez. Necesita buena salud. Hace medio siglo, mi hermanita Juana, a principios de los años 1970 murió por un cuadro de desnutrición crónica y falta de atención médica. Es increíble que casi 50 años después, haya más de un millón de niños de menos de 5 años en peligro de morir por la misma condición y que la mitad de los niños de Guatemala padezcan de desnutrición crónica que limita su desarrollo.

Los guatemaltecos debemos enfocarnos en lo esencial. No podemos seguir divididos ni hacerle caso a los que siguen queriendo dividirnos al escoger entre “derecha” o “izquierda”. Esa misma división dio origen a la guerra que mató a más de 200 mil personas, que nos obligó a mi familia y a mí a huir. No puede estarse repitiendo la misma historia de división entre hermanos impulsada por oscuros intereses y también por la demagogia de algunos personajes.

Mejor enfoquémonos en salvar a nuestra niñez, la expresión más clara de la inocencia y lo más puro de nuestra sociedad. Si nos enfocamos en ellos, nos enfocamos en las comunidades y nos enfocamos en Guatemala. Esa es la visión de una mejor Guatemala. El humo inútil de las batallas ideológicas se quedaría atrás, porque hay acciones más importantes como la de seleccionar a nuestros próximos gobernantes, a voto de conciencia y en representatividad de nuestra niñez. Es lamentable que en lugar de hacer propuestas y aprovechar el tiempo vuelva a ocurrir ese cruce de acusaciones de que alguien es de izquierda o de derecha. Es absurdo. El único objetivo que nos debe unir es Guatemala, para que no sigamos perdiendo talento joven que cruza la frontera en busca del empleo necesario para proveer las necesidades de comida, techo, vestimenta y educación para su familia. 

Lo que nos une a todos es poder dejarle a nuestra niñez una Guatemala sin hambre, sin desnutrición, con educación de calidad, con plenas libertades. De eso se trata lo que lo llamo el sueño guatemalteco: unirnos todos sin división de credo, etnia y mucho menos partidos, en busca de un país mejor. La meta es la misma. El sueño es el mismo.