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Leyendo: Guatemaltecos, ¡sálvenme!

¡Oh, alma de mi ser! ¡Oh, hijos míos! Hoy—les clamo desde los azules y altos montes de los cuchumatantes.

Prensa Libre

Huehuetecos, guatemaltecos de todos los rincones. Hijas e hijos de esta sierra que une a Centroamérica; amigas y amigos: soy el majestuoso mirador Juan Diéguez Olaverri. Les hablo desde el ascenso a Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango, a 3,300 metros sobre el nivel del mar; desde esta cima, cuna de versos, cantos, sueños e inspiraciones, ¡óiganme de nuevo!

Quienes me han visitado para a ver el paisaje desde esta arteria, saben que mi esencia radica en la paz y armonía. Les regalo la divina belleza de mi cordillera donde se une el paisaje con el cielo. Desde mi cima, contemplan a mis hermanos colosales Tacaná, Tajamulco y Santa María. A mis pies conviven Chiantla y Huehuetenango. Pero hoy me embarga una inmensa tristeza y un profundo dolor.

Paisajes turísticos y electrificación no tiene por qué ser antagónicos.

Pronto no seré más el ícono que un día fui, el emblema que los enorgullece. Seré olvidado, porque en mi alma han clavado afiladas espadas que amenazan mi vida. Cuando muera, lo que un día fue su orgullo rápidamente se convertirá en su vergüenza. Por eso, hijos míos, ¡óiganme de nuevo! reflexionen y no me abandonen. Les imploro conciencia, empatía y protección.

Hoy, una torre eléctrica de alta tensión acelera el dolor en mi alma—es una puñalada mortal. Sufriré daños irreversibles y, con ello, mi grandeza y mi esencia perderán su brillo—dejaré de existir. He estado aquí por siglos. ¿Acaso ha llegado mi fin? He sido el orgullo de los huehuetecos y guatemaltecos.

El encanto que atrae sus visitas, el que inspira a pintar postales; la magia que nace de la unión entre montaña y horizonte—desaparecerán. El verdugo ejecuta ferozmente la ruptura de la armonía y el equilibrio de mi paisaje. Me llena de profundo dolor saber que no podré ver a sus hijos y nietos visitarme más. Hijos míos, ¡óiganme y recapaciten!

Me llena de alegría saber que el progreso llegue a los más necesitados. Que la electricidad sea para ellos una luz de esperanza. No me opongo. Presto otras partes de mis ser para llevarlo a cabo, pero no en mi corazón—no en mi alma. El desarrollo debe llegar a todos, pero sin dañar el ecosistema ni los sitios simbólicos para Guatemala—sin crear más conflictos en estos pueblos ya sufridos. He escuchado a mis hijas e hijos cercanos y lejanos llorar y clamar para que dejen de herirme más. ¡Gracias! Vivo por ellos.

Modernizar y electrificar no tiene que reñir con preservar la cultura y la belleza natural—no tienen por qué ser antagónicos. A los responsables de autorizar y ejecutar la instalación de una torre de alta tensión en mi corazón, les pido reubicarla. Conviértanla en símbolos de progreso, no en espinas para el turismo. No se cieguen en la solución que significaría mi muerte. Déjenme vivir. 

Escuchen el clamor de los guatemaltecos que denuncian este atropello, especialmente la voz de los que viven de mi belleza. Ellos sufrirán conmigo.

Quiero seguir teniendo el rostro limpio y ofrecer a los visitantes, vistas fotográficas de la cadena montañosa de los Cuchumatanes. Si Huehuetenango es la antesala al cielo, quiero seguir siendo su puerta. Permítanme que en sus visitas nocturnas les ofrezca primera fila para ver como la luna y las estrellas juegan con las nubes. Déjenme mojar sus amaneceres con rocío de mis noches frías. Quiero seguir besando sus mejillas con aire puro.

Hoy que apelo a su conciencia, cabe recordar al poeta que me prestó su nombre y que, sentado en mi lecho, se inspiró: 


“¡Oh cielo de mi patria!
¡Oh caros horizontes!
¡Oh azules, altos montes;
oídme desde allí!
El alma mía os saluda,
cumbres de la alta Sierra,
murallas de esa tierra
donde la luz yo vi.”


¡Vean la luz y rescátenme!